Abrí los ojos cual búho desvelado. Los grillos, incansables, aún seguían cantándome. Mi ansiedad alteró a las estrellas y éstas cesaron de brillar. Ahora sí, pese a estar acompañada por la Noche, me sentía un minúsculo grano de arena en medio del Universo.
En ocasiones como ésta, me pregunto por qué soy tan cobarde. Todo el mundo es feliz, menos yo. Porque no me atrevo. Es una ridícula situación. Yo soy ridícula.
Abrí el cajón y vi todas las fotografías revueltas entre bragas y calcetines. Un escalofrío recorrió mi nuca. Me alteré e hice añicos los papeles. Otra vez. Lo peor es que yo sabía que de cuando en cuando ocurría esto, y hacía un par de copias de cada fotografía.
Me tapé hasta la cabeza con el edredón, como hacía de pequeña (y todas las noches) cuando tenía miedo. Cerré los párpados y frente a mí apareció un enorme, escalofriante hombre perfecto que poco a poco se difuminaba... para no volver a dibujarse nunca más.
No sé cuándo ni cómo, pero finalmente conseguí dormir de nuevo. Al despertar conté los rayos de sol que se colaban por la persiana (técnica recomendada para tranquilizarse). Como era de esperar, hoy iba a pasar un día igual que el resto desde que sin darme cuenta, yo misma me convertí en lo que nunca deseé ser.
-El tiempo corre cual rayo. -Solían decir.
-¡Ah! El mío cual tortuga en vertedero. -Contestaba yo.
Y según presiente mi optimismo, así seguirá siendo ¡hasta que la palme!
No hay comentarios:
Publicar un comentario