El infinito acaba en tus labios. Es entonces cuando me besas y muero de placer. Y casi sin querer, los ojos se me cierran del vértigo y en mi cabeza no existe otra imagen que la de tu lengua abrasándome la boca, al compás de la mía que sólo intenta sobrevivir del continuo oleaje que no me deja respirar, pues se me olvida que sigo viviendo y para ello es necesario tomar aire al menos por la nariz.
Una intensa llama recorre todo mi cuerpo, de principio a fin, derritiéndome la poca cordura que conservaba. ¿Y qué puedo hacer contra esto? Prefiero volverme loca a no saborear tus besos.
Mi infinito acaba en tu mirada. Cuando veo a tus pupilas encogerse sin más, pienso que estoy soñando, que no puede existir algo tan precioso en el mundo donde vivo. Entonces me tocas y vuelvo a la realidad, vuelvo a mirarlos otra vez.
Mi infinito acaba en la melodía de tu voz, cuando me haces perder el equilibrio y la razón.
El infinito acaba cuando llegas tú.
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